lunes, 21 de septiembre de 2009

El Inquilino del Quinto Piso

Después de la pelea con Javier no me quedo otra que dejar su casa, jure y nos rejuramos nunca pelear por alguna mujer; pero las cosas no siempre ocurren como uno desearía que pasen y esta vez olvide que Viviana era su hermana y por lo tanto también era la mía. Con un sueldo de medio tiempo y con una universidad por pagar es difícil conseguir un lugar decente donde poder vivir; en mi búsqueda pase por infinidad de pensiones y casas en alquiler, de las cuales me gustaron dos, pues estas tenían las comodidades de mi antigua residencia, pero para ambas no me alcanza. Casi rendido baje caminando a la universidad, hace mucho que no caminaba para ir a estudiar, Bicho(Javier) siempre me traía en su volskwagen rojo y cuando el no podía bajaba en taxi, entre al billar que esta cerca al campus, para que ver si el vaivén de las billas y aquel perfume a cigarro que tanto me gusta, me sirven de paliativo para mis dramas juveniles; es en vano definitivamente hoy mi suerte no va a cambiar perdí veinte lucas fijas en mi presupuesto ficticio. Con la moral por los suelos salí del local; apareció al frente mío aquel edificio de seis pisos algo viejo, en el que meses atrás se hallaba una pollería en el primer piso, pude leer un cartel que decía que se alquilaban cuartos; la emoción se mudo a mi rostro; con el ánimo al tope subí por la escalera hasta llegar al tercer piso de recepción, antes de llegar observe que desalojaban el segundo piso y quedé totalmente enamorado de aquel aposento, pero como todo amor de hombre rápidamente se convirtió en desengaño por causa de una mujer, la dueña, ella se encargo de ponerlo a medio sueldo lejos de mis posibilidades, el quinto piso es el designado por aquella cuarentona y por mi endeble economía. A la mente me vinieron algunos recuerdos de infancia, cuando con mis padres vivíamos en el centro de Ilo en un edificio muy bonito y todas las navidades con los niños de aquel lugar nos juntábamos para cantar villancicos apartamento por apartamento para luego pedir propina. Esta vez era distinto, mi morada era ahora un espacio de cuatro por seis con un baño y una ventana empañada por el smock de los autos. Tardé poco en instalarme colocar una pequeña cama, una radio, mis dos posters de Héctor Lavoe y una tele a blanco y negro que compre en el mercado negro; este espacio tétrico no parece ser nada alentador pero cada martes y jueves las visitas de Viviana no sólo le ponen ruido a mi colchón si no que a su vez hacen de este quinto piso mi nación y mi país; por fin adoro mi libertad e independencia y salvo los gritos de Ramona la dueña del edificio, que pide encarecidamente que baje el volumen cuando cantamos junto con la guitarra de Cesar “I want to break free” los viernes por la noche. Soy el amo y señor de esta voluntad llamado destino.

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