subí a mi cuarto y halle a Mathias echado en mi cama, me recosté a su lado y una nueva película empezó esta vez en mi cerebro, uno a uno desfilaban todos los recuerdos por mi mente como soldados marchando hacia una guerra, mi primer día de colegio, mi primer beso; aquella vez en la cual acab
e castigado en medio del patio del colegio, por meterle un golpe en la formación al Chino Guillén; la visita al “troca” luego del baile de promo, el día que Martha me boto de su casa por llegar borracho a cantarle serenata, mi matrimonio, el nacimiento de Mathias, hasta llegar a la cena de la noche anterior donde celebraba mi ascenso. Pasaron diez horas hasta que me desperté, Mathias ya no estaba a mi lado baje la escalera, al llegar a la sala la escena fue algo cómica, imagínate llegar tarde a tu propio velorio que ironía, ver con tristeza enorme llorar a tu madre por la peor de tus travesuras, manejar ebrio y tu mujer en estado de shock a un costado sin poder creerlo. Me acerque al féretro en el momento que Carlos se acercaba, al ver el cuerpo, él comenzó con su monólogo recordando cada uno de los momentos que habíamos compartido juntos, cerro con una lagrima y esta frase – te voy a extrañar imbecil, si solo me hubieses hecho caso, pero tu eras así de arrebatado y por eso te quiero huevón de mierda, hasta siempre – me puse a pasear por la sala escuchando a algunos vecinos, que no los recordaba bien, decir que era un buen tipo, muy educado y otros elogios, comprobé que es verdad que no hay muerto malo; veía gente que apenas conocía del trabajo contando chistes y rajando de mi jefe, al rato me aburrí de oír a tantas personas que no tenían nada que ver conmigo y abandoné m
i propio velorio. Me quede en el cuarto de Mathias hasta que llego la carroza por mi ex cuerpo, con curiosidad acompañe al cadáver a su ultima morada, al llegar al panteón la imagen era similar a la del velorio, mi familia y mis amigos desconsolados, y los “sampones” cuchichiando entre ellos; a la escena llegó un cura algo viejo de acento francés que con las justas se le entendía las oraciones y el sermón que proclamaba, la verdad nunca fui apegado a la religión y de hecho hace mucho que no iba a misa, antes de que termine su rito religioso el padre, salí a caminar por el cementerio y observe un entierro mucho mas interesante que el mió, dos ancianos enterraban a su hijo con la ayuda de cuatro hombres que luego de haber cargado el cajón y meterlo al nicho partieron no sin antes cobrar por sus servicios, aquel joven había muerto de sida y solo sus padres fueron a despedirlo en su ultimo viaje, supe de su enfermedad porque al igual que yo aquel joven era el espectador privilegiado de su entierro y el fue quien me comento lo que había sucedido, regrese al nicho que estaba preparado para aquel cuerpo que antes fue mió, un coro de llanto y lamentos acompañaba al cajón mientras este se introducía en el suelo, mi hijo lanzo una rosa a la tumba y al oírlo decir – te quiero papá – solté mi primera lagrima desde el accidente, poco a poco la tierra cubría por completo el féretro, al terminar uno de los trabajadores trajo una pequeña lápida y comenzó a escribir en ella mi nombre una por una dibujaba con maestría singular las letras, antes de terminar la última sílaba un sonido fortísimo se apodero del lugar, era la bulla de una bocina, al oírla la escena retrocedió velozmente y de inmediato como cuando haces rewind en el VHS, y mi cuerpo despertó sentado en el auto apoyado en el volante con un semáforo en verde y un niño que me tocaba la ventana ofreciéndome dulces. Baje de inmediato cogí un taxi y al llegar a casa corrí al cuarto de Mathias abrazándolo y llorando sin aparente explicación alguna; al verme Martha me pregunto que tenía a lo que abrazándola respondí – nada amor, nada, soy feliz, soy feliz… 
e castigado en medio del patio del colegio, por meterle un golpe en la formación al Chino Guillén; la visita al “troca” luego del baile de promo, el día que Martha me boto de su casa por llegar borracho a cantarle serenata, mi matrimonio, el nacimiento de Mathias, hasta llegar a la cena de la noche anterior donde celebraba mi ascenso. Pasaron diez horas hasta que me desperté, Mathias ya no estaba a mi lado baje la escalera, al llegar a la sala la escena fue algo cómica, imagínate llegar tarde a tu propio velorio que ironía, ver con tristeza enorme llorar a tu madre por la peor de tus travesuras, manejar ebrio y tu mujer en estado de shock a un costado sin poder creerlo. Me acerque al féretro en el momento que Carlos se acercaba, al ver el cuerpo, él comenzó con su monólogo recordando cada uno de los momentos que habíamos compartido juntos, cerro con una lagrima y esta frase – te voy a extrañar imbecil, si solo me hubieses hecho caso, pero tu eras así de arrebatado y por eso te quiero huevón de mierda, hasta siempre – me puse a pasear por la sala escuchando a algunos vecinos, que no los recordaba bien, decir que era un buen tipo, muy educado y otros elogios, comprobé que es verdad que no hay muerto malo; veía gente que apenas conocía del trabajo contando chistes y rajando de mi jefe, al rato me aburrí de oír a tantas personas que no tenían nada que ver conmigo y abandoné m
i propio velorio. Me quede en el cuarto de Mathias hasta que llego la carroza por mi ex cuerpo, con curiosidad acompañe al cadáver a su ultima morada, al llegar al panteón la imagen era similar a la del velorio, mi familia y mis amigos desconsolados, y los “sampones” cuchichiando entre ellos; a la escena llegó un cura algo viejo de acento francés que con las justas se le entendía las oraciones y el sermón que proclamaba, la verdad nunca fui apegado a la religión y de hecho hace mucho que no iba a misa, antes de que termine su rito religioso el padre, salí a caminar por el cementerio y observe un entierro mucho mas interesante que el mió, dos ancianos enterraban a su hijo con la ayuda de cuatro hombres que luego de haber cargado el cajón y meterlo al nicho partieron no sin antes cobrar por sus servicios, aquel joven había muerto de sida y solo sus padres fueron a despedirlo en su ultimo viaje, supe de su enfermedad porque al igual que yo aquel joven era el espectador privilegiado de su entierro y el fue quien me comento lo que había sucedido, regrese al nicho que estaba preparado para aquel cuerpo que antes fue mió, un coro de llanto y lamentos acompañaba al cajón mientras este se introducía en el suelo, mi hijo lanzo una rosa a la tumba y al oírlo decir – te quiero papá – solté mi primera lagrima desde el accidente, poco a poco la tierra cubría por completo el féretro, al terminar uno de los trabajadores trajo una pequeña lápida y comenzó a escribir en ella mi nombre una por una dibujaba con maestría singular las letras, antes de terminar la última sílaba un sonido fortísimo se apodero del lugar, era la bulla de una bocina, al oírla la escena retrocedió velozmente y de inmediato como cuando haces rewind en el VHS, y mi cuerpo despertó sentado en el auto apoyado en el volante con un semáforo en verde y un niño que me tocaba la ventana ofreciéndome dulces. Baje de inmediato cogí un taxi y al llegar a casa corrí al cuarto de Mathias abrazándolo y llorando sin aparente explicación alguna; al verme Martha me pregunto que tenía a lo que abrazándola respondí – nada amor, nada, soy feliz, soy feliz… 
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